Hoy pude volver a experimentar lo que es nacer. Lo que es morir. Y es que antes de nacer, en realidad mueres. Nacer y morir es lo mismo por lo tanto no es un principio ni un final si no un círculo. Mueres para volver a nacer y naces para volver a morir y volver a nacer y así por siempre.

Escuché el dulce sonido de una nota de piano y con eso hice mi entrada al mundo.

Al comienzo solo recuerdo caras negras. Mujeres africanas como si fuesen mis madres. Cuerpos delgados: esqueléticos casi, mientras yo tocaba mi cuerpo sin comprenderlo. Pero luego, cuando me hacia consciente de mis ojos y los abría tan solo lo suficiente para dejar entrar esos círculos de luz por entre cada pestaña, sentía que era un ave. No por las alas, sino como mas bien por la visión. Ojos que lo ven todo pero con el espíritu de un pájaro. Comprendí luego de unos momentos que la conciencia colectiva, que reside en mi propia conciencia y que reúne recuerdos de la población completa de hace mil años, me revelaba mis orígenes. Somos todos una mezcla entre raza negra africana y reptiles (alienígena), y dependiendo de donde vayas a nacer es que te vistes con el cuerpo adecuado para sobrevivir. Mi alma se sentía delgada, muy delgada y lo que entendí rápidamente fue mi esqueleto, pero fue mi piel la que se sintió extraña. Una capa de algunos centímetros de grosor, elástica, dañada y que cuesta familiarizar. Es algo ajeno a mi. No entendía nada. Luego abrí un poco mas los ojos maravillandome con lo que veía pero al mismo tiempo se me hacía demasiado. Ya el solo brillo que arrojaban mis pestañas húmedas por el llanto me asombraban. Nunca había visto algo tan bello.

Luego me comencé a sentir mal. Algo me asusto, me agobió; inquieto. Era el ruido. No comprendía porque alguien podría cometer un crimen tan grande como quebrar un silencio tan dulce del que yo venía. Porque me hacen algo así. Cerré los ojos y quise volver de donde vine. “Déjenme volver que este mundo me da miedo”. Este cuerpo no lo entiendo…estos ruidos…esta falta de silencio y ademas toda la luz que penetra mis ojos. Es mucho, quiero volver. Vuelvo por un instante pero enseguida entiendo que no es a lo que vine. Vine al ruido,a los colores: vine con este cuerpo, vine a vivir. Vine a vivir esta vida: con todo. Con los ruidos, los olores, los brillos, la luz y el cuerpo que te aprisiona y al mismo tiempo te libera. Un cuerpo que lentamente comenzaba a hacer propio. No por que era yo, si no porque comprendí que tendría que hacer las paces con el si quería llevar a cabo a lo que vine. Es feo, sucio y amorfo ahora que nací con mi cuerpo de 30 años, pero es lo que me dieron y me da ojos y nariz, boca y orejas. Me dio la piel. Miles de veces pensé en simplemente dejar de respirar y volver a donde vine pero siempre que estaba a punto de lograrlo algo muy dentro mio sabia que no lo lograría. Este cuerpo se aseguraría de mantenerme aquí. Si no tuviese el instinto, el software de la auto respiración, no elegiría estar aquí, pero debo. Me lo prometí a mi mismo cuando decidí encarnar nuevamente así como durante todas mis otras vidas pasadas. Lo que entiendo es que soy un ente separado de mi cuerpo pero debo acostumbrarme a mi piel. Es la piel que me trajo a esta vida: la piel que vestiré por mucho tiempo, y mas me vale cuidarla. Es mi condena. Mi condena por elegir los placeres terrenales. Debo cuidar la herramienta que me permite experimentar, debo cuidar mi cuerpo.

Por unos instantes logro aceptar el ruido y cuando los acepto, dejan de molestar. Ya me sentía lista para descubrir lo que mis ojos podían hacer. Abrí los ojos y lo primero que veo son cables. Cables de hospital. Es lo que la mayoría ve cuando nace. Ningún árbol, ningún pájaro, ningún cálido rayo de sol en la cara, ninguna brisa fresca, nada. Unos cables y mucho ruido. Déjenme en paz.

De pronto, el silencio aparece, veo algo que brilla y todo mi mundo se ilumina. Me río. Desde lo mas profundo de mi ser siento alegría y todo mi cuerpo quiere reír. Nunca me han enseñado como hacerlo pero lo hago. Mi alma se alegra y mi cuerpo ríe con él. Mi boca se transforma y se abre y sueltas ruidos armoniosos. Mi cuerpo se menea al compás. Así ocurre unas cuantas veces entre que me asusto y vuelvo a cerrar los ojos y a intentar no respirar para volver, y entre que descubro algo que me fascina y así de a poco comienzo a entrar y aceptar este nuevo mundo. Sé que vine sola pero no necesito a nadie. Hay belleza y amor donde sea que miro. Quizás mi cuerpo lo necesite pero yo estaré bien.
Aunque estoy bien por que sé que alguien me ama. Esa persona puede estar durmiendo, puede que no me esté hablando ni mirando pero sé que para alguien, soy el mundo completo y podré compartir todas mis emociones y aventuras.
Luego comienzo el proceso de aprender a utilizar mi cuerpo. Mis ojos. Que ocurre si los mantengo abiertos por mucho tiempo. Cuanto puedo exigirles antes de que se me cerraran sin que yo quisiera. Ver el polvo volando por todos lados. Todo esta sucio. Pero no es sucio; es un mundo que no logramos ver. Lleno de partículas y hongos. Maravillosas texturas, formas y colores. Y la humedad siempre se siente. En los dedos, en la nariz, en los ojos y en la boca.
Mas tarde aprendí a caminar. Aprendí sobre mis músculos, que son maravillosas herramientas que tengo para hacer lo que quiero. Se exactamente que músculos necesito para cada movimiento y usar uno mas de lo necesario es un malgasto de energía. Porqué debería apretar una pierna si estoy usando la otra. Cuando un músculo no se está usando, se relaja. Si no, todo es un malgasto de energía. Y ya requiero toda mi energía en mirar y controlar mis emociones. Es lo que se llama ser “consciente” de cada paso que das. Con el paso de los años es algo que hacemos tan automático que no podrías decirme que músculos estas usando.
Miraba, o mejor dicho, sentía el amanecer. El nacimiento de un día; mi nacimiento. Todo alrededor brillaba vida. Las nubes, el viento, el sol, la luz, el agua, los reflejos, los hongos, los insectos, la humedad, la suciedad, las texturas, los pájaros. Todo era una sinfonía para el amanecer. El amanecer no es algo que puedas ver u observar, es algo que sientes. Tu eres el amanecer. Es tu nacimiento. Cada día naces con la salida del sol. El amanecer es un proceso de miles de cosas que suceden simultáneamente y entregan: un amanecer.
Sentí que el mundo estaba loco. Todos me miraban con cara de infantil, de no estar “en este mundo”. No me querían interrumpir mi paz pero sabía que en realidad no me respetan por que no me entendían. Les explicaba cosas y me respondían con un “Wow que lindo” y con eso rompían el momento. Lo que sentí, lo que estaba experimentando, no era algo que pudiera ser reducido a un “wow que lindo”. Toda la magia moría con eso, pero entendía. No lo hacen de malos y es que no saben mejor pero ellos creen que saben mejor. Solo porque yo no me dedicaba a educarlos a como deben ser. Ellos me dejan ser “raro” por un día pero solo lo toleran. Y en realidad soy yo la que siente compasión por ellos. La diferencia? Si lo vez en una perspectiva colectiva como lo hace una sociedad, es que ellos usan la violencia para devolverte junto a ellos. Y yo no hacía nada contra ellos porque solo me dan pena. La violencia es la educación, la estandarización, las expectativas, la condición. Es una forma violenta de exigirte ser mas “como ellos”.
Estaba absorta mirando todo con mis ojos nuevos, cuando de pronto me vino a la mente la comida. Pensar en la comida me puso tan contento pero sabía que ir a comer significaba dejar todo lo que estaba haciendo porque no hay forma de que pudiese hacer dos cosas a la misma vez. Comer significaba una aventura aparte por eso mejor dejé ese pensamiento a un lado mientras continuaba disfrutando de la orquesta de madrugada.
Cuando decidí que estaba lista para ir a comer, en realidad no sabía como. Yo pude porque en este caso mi mente adulta y experimentada permanecía conmigo. Aun así tuve que batallar contra mi nuevo yo para lograr preparar algo.
Encontré dos pedazos de sandia y me los llevé bajo el sol. No podía parar de mirarlos. Mis dedos extraños sobre la carne de la fruta, las venas que atraviesan, el color, el juego de luces, el olor. No podía entender como podía comerme algo tan bello. Acerqué mis labios y sentí la humedad de la fruta sobre ellos. Una gota me llega a la lengua y me pierdo en la dulzura. Lentamente abrí mi boca mientras rozaba todos mis labios y así no perderme absolutamente ninguna sensación. Hundí los dientes y escuché como se enterraban con facilidad. Ninguna resistencia y no me quedó duda de que el trozo fue hecho para comer. Es algo para escribir poemas. Es demasiado para escribirlo.
Y cuando me la acabé, la dejé a un lado y fui en búsqueda de una nueva sensación.

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